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29 may 2011

A veces desea haber nacido sorda

Un invierno de hace unos 10 años…



Escondida allí, debajo de la cama, ve con gran dificultad debido a la oscuridad de la noche pero escucha muy claramente a sus padres aproximándose. Cada vez están más cerca. Lo sabe porque los escucha gritarse. No sabe cuál será el motivo esta vez. Cosas de mayores, supone. Pero no le gusta.

Cada segundo, cada palabra, cada grito, es peor que el anterior, y todos ellos retumban en sus oídos. A veces desea haber nacido sorda, como aquel niño con el que juega a veces en el parque, Borja, y así no poder escucharlos gritarse. ¡Pagaría por ello si pudiera!

Entre tanto grito consigue distinguir palabras como pintalabios rojo, calzoncillos o camisa. Un momento, ¿ha oído bien? ¿Pintalabios rojo? Mamá nunca lleva pintalabios rojo, los de mamá suelen ser rosas pálidos o bien marrones, lo sabe porque alguna vez los ha cogido para jugar con ellos y ver cómo le sientan. Además, mamá nunca se pinta los labios entre semana, sólo los sábados si van a algún sitio o los días especiales.

Pintalabios rojo. Justo el color de pintalabios que a mamá le falta en el cajón en el que guarda sus pinturas. Entonces eso sólo puede significar una cosa… ¡Papá está con otra mujer! De la rabia, la respiración de la niña comienza a agitarse, tanto que teme ser descubierta. Pero sus padres están demasiado ocupados enfrascados en la discusión como para advertir su presencia debajo de la cama.

Cuando acaban de discutir, papá se va; mamá, por el contrario, se queda un rato en la habitación, sentada sobre la cama, en silencio. No sabe el tiempo que pasa así, pues no lleva reloj. No le gusta seguir horarios, aunque tiene que hacerlo cuando se trata de la escuela. Calcula que mamá está ahí unos quince minutos, hasta que se levanta y la oye dirigirse hacia la cocina para preparar la cena. Papá está en el salón viendo la tele.

Duda un instante si salir o no de su escondite. Y aunque quisiera salir, algo la agarra, la sujeta y la mantiene debajo de la cama. El miedo. Miedo a lo que acaba de pasar. Miedo a su padre. Así pues, la pequeña se decanta por la segunda opción: no salir de allí, quedarse bajo la cama… hasta la hora de cenar.

No será la única vez que presencie y escuche discusiones como ésta, pero, para Media Verónica sí será una razón para que comience a odiar a su padre.

La cena transcurre en silencio y sin sobresaltos. Mamá, cabizbaja, tiene la vista clavada en el plato. Papá mira la tele, aunque sin mucho interés. La niña pone todo su esfuerzo en comerse las espinacas que tiene delante. La verdura no es su punto fuerte, pero esa noche las cosas no están como para montar rabietas.

Y esa noche, mamá durmió en su habitación con ella.

20 may 2011

Sólo las sonrisas... y el viento

Decían de ella que tenía mucha confianza en sí misma y que era muy segura, pero realmente no tenía ninguna de esas cosas. Sólo ella lo sabía. El mundo que giraba a su alrededor seguía pensando lo mismo. Pero sólo ella sabía que no era así, que a cada paso que daba le acompañaba alguna de sus dudas, ejerciendo de sombras, como si fueran fantasmas… Que no exteriorizaba ninguna de esas dudas ni sus miedos, y así era como se había forjado la fachada a la que llamaban “seguridad”.


Y eso mismo, esas dudas, esos pensamientos, esas inseguridades, eran lo que la mataban, o lo que la iban consumiendo igual que se consumía el cigarro que dejó caer a la acera una vez terminado, a la espera de que pasara lo que tuviera que pasar o de las sorpresas que llegaran: quien sabe si no sería pisado por alguien… o si vientos mejores le llevarían a otros lugares, a otros ambientes. A otros aires.

Siguió avanzando entre la multitud, observando a las personas que caminaban por aquella avenida, cada uno con sus pensamientos o sus cosas: el empresario trajeado que lleva un maletín en su mano izquierda y sostiene el móvil, en el que mira algo, en la otra; un grupo de jóvenes que charlan animadamente, haciendo el mayor ruido posible; una pareja de ancianos paseando de la mano; otro joven que camina deprisa con una mochila colgada al hombro mientras escucha música; una madre con su hijo pequeño, que señala todo aquello que ve, desconocido y nuevo para él, y ríe feliz ante la explosión de colores que se abre paso a su vista en aquella avenida… Todos con prisa, excepto los ancianos, que parecían estar disfrutando de su paseo. ¿Alguna de aquellas personas se daría cuenta de que los observaba y jugaba a adivinar sus pensamientos, sus vidas?

Media Verónica miró la esquina que dejaba atrás, acordándose de sus preocupaciones –las pasadas y las actuales-, y de cómo había ido superándolas poco a poco. Si realmente tenía alguna virtud, era la de superar los obstáculos que se le pusieran por delante –no esa seguridad que decían-, aunque le llevara meses o, incluso algún que otro año, pero lo conseguía. Y pensando en ello, sonrió.

Y un soplo de aire la sacó de su ensimismamiento (y se llevó su cigarro a otro lugar). Miró su reloj: pasaban ya las ocho de la tarde. Llegaba tarde ya. Decidió ir dejando atrás, por las aceras, los pasos de cebra, las esquinas y demás cosas que encontraba por la calle, aquellos malos pensamientos y con ello, aligerar, caminar más deprisa. Ahora sólo la acompañarían las sonrisas… y el viento.