Un invierno de hace unos 10 años…
Escondida allí, debajo de la cama, ve con gran dificultad debido a la oscuridad de la noche pero escucha muy claramente a sus padres aproximándose. Cada vez están más cerca. Lo sabe porque los escucha gritarse. No sabe cuál será el motivo esta vez. Cosas de mayores, supone. Pero no le gusta.
Cada segundo, cada palabra, cada grito, es peor que el anterior, y todos ellos retumban en sus oídos. A veces desea haber nacido sorda, como aquel niño con el que juega a veces en el parque, Borja, y así no poder escucharlos gritarse. ¡Pagaría por ello si pudiera!
Entre tanto grito consigue distinguir palabras como pintalabios rojo, calzoncillos o camisa. Un momento, ¿ha oído bien? ¿Pintalabios rojo? Mamá nunca lleva pintalabios rojo, los de mamá suelen ser rosas pálidos o bien marrones, lo sabe porque alguna vez los ha cogido para jugar con ellos y ver cómo le sientan. Además, mamá nunca se pinta los labios entre semana, sólo los sábados si van a algún sitio o los días especiales.
Pintalabios rojo. Justo el color de pintalabios que a mamá le falta en el cajón en el que guarda sus pinturas. Entonces eso sólo puede significar una cosa… ¡Papá está con otra mujer! De la rabia, la respiración de la niña comienza a agitarse, tanto que teme ser descubierta. Pero sus padres están demasiado ocupados enfrascados en la discusión como para advertir su presencia debajo de la cama.
Cuando acaban de discutir, papá se va; mamá, por el contrario, se queda un rato en la habitación, sentada sobre la cama, en silencio. No sabe el tiempo que pasa así, pues no lleva reloj. No le gusta seguir horarios, aunque tiene que hacerlo cuando se trata de la escuela. Calcula que mamá está ahí unos quince minutos, hasta que se levanta y la oye dirigirse hacia la cocina para preparar la cena. Papá está en el salón viendo la tele.
Duda un instante si salir o no de su escondite. Y aunque quisiera salir, algo la agarra, la sujeta y la mantiene debajo de la cama. El miedo. Miedo a lo que acaba de pasar. Miedo a su padre. Así pues, la pequeña se decanta por la segunda opción: no salir de allí, quedarse bajo la cama… hasta la hora de cenar.
No será la única vez que presencie y escuche discusiones como ésta, pero, para Media Verónica sí será una razón para que comience a odiar a su padre.
La cena transcurre en silencio y sin sobresaltos. Mamá, cabizbaja, tiene la vista clavada en el plato. Papá mira la tele, aunque sin mucho interés. La niña pone todo su esfuerzo en comerse las espinacas que tiene delante. La verdura no es su punto fuerte, pero esa noche las cosas no están como para montar rabietas.
Y esa noche, mamá durmió en su habitación con ella.
