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3 may 2010

FUTURO




Como cada sábado, Jose se calza las botas para disputar con ilusión un nuevo partido.
“¡Vamos a por todas, chicos!” les anima Javi, su entrenador, antes de salir al campo. Los chicos contestan con fuerza, van a ganar.
Fuera, en el campo, durante el partido, le salen rivales al paso. No importa, los esquiva y sigue, también tiene grandes compañeros y amigos en el equipo y fuera de él. Los niños de su edad ya lo conocen; parte de ellos, en el campo le temen pero aún así le tienen gran afecto: “¡Ey, Bayona!”, lo saludan con un apretón de manos o con una afectuosa palmadita en el hombro.
Temen a ese niño que aspira a llegar a grandes equipos, como el Barça, al que lleva en el corazón; ese niño que quiere ser como su ídolo, Leo Messi.
El partido se complica: el equipo rival lo ve como una amenaza y no dudan en atacar. El árbitro no pita la falta, ¡qué rabia!
Jose se levanta y sigue jugando. El juego sucio no lo detiene, al contrario, le hace más viable la lucha. Pasa a un compañero, éste le vuelve a pasar a él, está enfrente de la portería, cara a cara con dos defensas y el portero pero él hace lo que tiene que hacer y bien sabe: recibe, centra, chuta… y ¡goooooooooooool!

(Algo) INDESEABLE

“Mira ese hombre, seguro que ese dinero es para gastárselo en algún vicio…”- comenta una señora a otra al pasar a su lado. Comentarios como éstos escucha Juan cada semana, cuando él únicamente se gana la vida de la manera que puede.



Tiene mujer y cuatro hijos; tres de ellos aún son pequeños para trabajar; su mujer no puede porque una enfermedad se lo impide y él lleva más de dos años en paro y las cosas no han ido muy bien desde entonces. Tanto es así, que cada miércoles y sábado sale con su acordeón a tocar al mercadillo de la ciudad.


Está acostumbrado a escuchar estos comentarios pero aún así, duelen. “Suerte la de esta gente que puede llevarse algo más que un triste mendrugo de pan y algunas sobras a la boca”, pues las pocas pero bien agradecidas monedas que hay en la caja bajo sus pies no son para vicios: las necesita para llevar algo a casa.


Aún así, Juan es optimista y cree que las cosas cambiarán pronto y, a mejor. Mientras tanto, no deja de soñar con las notas que salen por su acordeón, soñar que baila y vive “La vie en rose” junto a su familia.