Enero.
Enero y por la playa pasea solitaria una joven con cabellos como el chocolate. Hace frío: 10 grados. 20 en su mente y 30 en su corazón.
Siempre que tiene algún problema va a la playa a buscar respuestas y ésta, como buena compañera y guía, se las concede.
Hoy piensa en qué debe hacer con ciertas personas en su vida que no le demuestran nada con hechos... ni con palabras. Personas hipócritas a las que desenmascarar. Hipocresía que no quiere tener cerca de ella.
Piensa también en sus movidas familiares, que no son pocas...
Lo mismo hace con ella misma, con su presente y su futuro. Y también piensa en el pasado, concretamente en una persona que un día, hace 7 años se fue y de la que no ha vuelto a tener noticias, aunque le encantaría... Y hoy, esa playa, su playa (como le gusta llamarla) volverá a unirlos en sus caminos, en sus destinos...
Llega un momento en el que Elia, de tanto pensar, se derrumba y con lágrimas en los ojos grita al viento muchísimas cosas que llegan a lo lejos, tanto como unos cincuenta metros, los suficientes para que un joven de cabello moreno y ojos claros lo oiga.
Atraido por la curiosidad, se dirige hacia el lugar de donde proviene el grito y entonces la ve, y la reconoce...
-Elia... ¿eres tú?- pregunta con una sonrisa tímida, al mismo tiempo que un ligero rubor recorre sus mejillas, esperando una respuesta que, sin duda, podría cambiar sus vidas...
28 may 2010
22 may 2010
El mundo está loco. (Fachada)
Mónica cuenta con veintipocos años. Tiene un trabajo estable con un sueldo aceptable que le permite vivir bastante bien. Posee muy pocas amigas ya que, según Mónica "todas le tienen envidia". "No, perdona -dicen las chicas realistas que un día fueron amigas suyas- nosotras estamos muy contentas con lo que tenemos y no necesitamos nada más". No tiene novio porque, según ella misma "el amor es para las personas débiles, además de una pérdida de tiempo", así pues, por su cama han pasado cientos de hombres, ha jugado con muchos y ha roto el corazón de otros tantos, además de romper varios matrimonios.
Cuando camina por los pasillos de la oficina en la que trabaja, todos -especialmente los hombres- se giran a su paso para admirarla. Tiene un cuerpo perfecto y aún así, ella "se ve gorda". Se queja de vicio y no duda en probar de todo para perder peso rápidamente: dietas milagrosas y gimnasios, así como las tantas cremas y pastillas que guarda por casa. Incluso llegó a ponerse a dieta por algún que otro hombre, perdiendo dignidad -aparte de peso- para ganar en estupidez, por querer parecerse a algunas supermodelos esqueléticas.
Si cambiara su vida por la de alguna de esas personas que, en algún lugar del mundo se muere de hambre, ¿seguiría pensando que está gorda? Sí. Eso va en la mentalidad, no en el cuerpo y para la mentalidad rara vez hay solución. En la de Mónica no la hay.
Todos los días llega a la oficina con una sonrisa y otras tantas carcajadas, aunque falsas. Aparenta tener un gran aprecio a todos y llevarse bien con todo el mundo. Pero esto es sólo fachada, una máscara para atraer a todo el mundo. Ella no siente las sonrisas con las que llega al trabajo, son falsas pero las lleva incorporadas en la cara desde buena hora de la mañana "para que vean y admiren lo feliz que es". Y realmente no, no es feliz. Le falta todo aquello que desprecia con su máscara, con su hipocresía: afecto, cariño, amor.
Es víctima de envidias de algunas -las más estúpidas, como ella- y de odios de otras tantas, muchísimas más, las más realistas, las mujeres reales y naturales que piensan que una grandísima parte de la humanidad es tremendamente estúpida y cuando ésta les da una respuesta, gritan: "¿Estamos locos o qué? Sí, definitivamente: el mundo está loco".
Llegó a la treintena y su éxito fue en decadencia.
Llegaron los cuarenta y muchas cosas pasaron: su belleza empezó a irse al traste, tanto es así que ni las cremas ni el maquillaje (de grandes firmas de cosmética, por supuesto) la salvaron. También ganó algo de peso, pero no mucho, no vaya a ser que le de un infarto...
Y también se enamoró. Sí, ella, la misma Mónica que en su juventud decía que eso era una pérdida de tiempo y era para débiles. Se enamoró de uno de aquellos hombres que a sus veintitantos pasó por su cama.
Por ironías del destino sus vidas se volvieron a cruzar, viviendo un pequeño romance que no duró más que unos meses, el tiempo justo para que ella se enamorara. Él, por contra, no se enamoró, jugó con ella como ella lo hizo en el pasado, ya que la recordaba perfectamente como recordaba también su dolor, sumados al resentimiento y al rencor que fue ganando después.
Mónica murió a sus 66 años de edad, víctima de estupidez crónica, de la estupidez crónica abundante en la sociedad y de la que ella misma, con su fachada, se fue forjando durante su vida. Murió sola. El orgullo pudo con ella. Nunca llegó a quitarse la máscara.
3 may 2010
FUTURO
Como cada sábado, Jose se calza las botas para disputar con ilusión un nuevo partido.
“¡Vamos a por todas, chicos!” les anima Javi, su entrenador, antes de salir al campo. Los chicos contestan con fuerza, van a ganar.
Fuera, en el campo, durante el partido, le salen rivales al paso. No importa, los esquiva y sigue, también tiene grandes compañeros y amigos en el equipo y fuera de él. Los niños de su edad ya lo conocen; parte de ellos, en el campo le temen pero aún así le tienen gran afecto: “¡Ey, Bayona!”, lo saludan con un apretón de manos o con una afectuosa palmadita en el hombro.
Temen a ese niño que aspira a llegar a grandes equipos, como el Barça, al que lleva en el corazón; ese niño que quiere ser como su ídolo, Leo Messi.
El partido se complica: el equipo rival lo ve como una amenaza y no dudan en atacar. El árbitro no pita la falta, ¡qué rabia!
Jose se levanta y sigue jugando. El juego sucio no lo detiene, al contrario, le hace más viable la lucha. Pasa a un compañero, éste le vuelve a pasar a él, está enfrente de la portería, cara a cara con dos defensas y el portero pero él hace lo que tiene que hacer y bien sabe: recibe, centra, chuta… y ¡goooooooooooool!
(Algo) INDESEABLE
“Mira ese hombre, seguro que ese dinero es para gastárselo en algún vicio…”- comenta una señora a otra al pasar a su lado. Comentarios como éstos escucha Juan cada semana, cuando él únicamente se gana la vida de la manera que puede.
Tiene mujer y cuatro hijos; tres de ellos aún son pequeños para trabajar; su mujer no puede porque una enfermedad se lo impide y él lleva más de dos años en paro y las cosas no han ido muy bien desde entonces. Tanto es así, que cada miércoles y sábado sale con su acordeón a tocar al mercadillo de la ciudad.
Está acostumbrado a escuchar estos comentarios pero aún así, duelen. “Suerte la de esta gente que puede llevarse algo más que un triste mendrugo de pan y algunas sobras a la boca”, pues las pocas pero bien agradecidas monedas que hay en la caja bajo sus pies no son para vicios: las necesita para llevar algo a casa.
Aún así, Juan es optimista y cree que las cosas cambiarán pronto y, a mejor. Mientras tanto, no deja de soñar con las notas que salen por su acordeón, soñar que baila y vive “La vie en rose” junto a su familia.
Tiene mujer y cuatro hijos; tres de ellos aún son pequeños para trabajar; su mujer no puede porque una enfermedad se lo impide y él lleva más de dos años en paro y las cosas no han ido muy bien desde entonces. Tanto es así, que cada miércoles y sábado sale con su acordeón a tocar al mercadillo de la ciudad.
Está acostumbrado a escuchar estos comentarios pero aún así, duelen. “Suerte la de esta gente que puede llevarse algo más que un triste mendrugo de pan y algunas sobras a la boca”, pues las pocas pero bien agradecidas monedas que hay en la caja bajo sus pies no son para vicios: las necesita para llevar algo a casa.
Aún así, Juan es optimista y cree que las cosas cambiarán pronto y, a mejor. Mientras tanto, no deja de soñar con las notas que salen por su acordeón, soñar que baila y vive “La vie en rose” junto a su familia.
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