...(y no es la canción de Avalanch)
Hoy no, en realidad fue ayer. Pero aún hoy sigo acordándome de ese recuerdo que me invadió ayer. Responsable de que me levantara de buen humor hoy.
¿Y qué es lo que he vuelto a recordar? Pues... una sonrisa.
Que me transmitía buen rollo, simpatía, cercanía, calidez...
Que me hizo mucho bien en un momento no muy agradable para mí.
Una sonrisa, sólo eso. Sin palabras. No hacían falta porque ya esa misma sonrisa, me decía muchas cosas.
Y con eso, ya estoy feliz.
1 jun 2011
29 may 2011
A veces desea haber nacido sorda
Un invierno de hace unos 10 años…
Escondida allí, debajo de la cama, ve con gran dificultad debido a la oscuridad de la noche pero escucha muy claramente a sus padres aproximándose. Cada vez están más cerca. Lo sabe porque los escucha gritarse. No sabe cuál será el motivo esta vez. Cosas de mayores, supone. Pero no le gusta.
Cada segundo, cada palabra, cada grito, es peor que el anterior, y todos ellos retumban en sus oídos. A veces desea haber nacido sorda, como aquel niño con el que juega a veces en el parque, Borja, y así no poder escucharlos gritarse. ¡Pagaría por ello si pudiera!
Entre tanto grito consigue distinguir palabras como pintalabios rojo, calzoncillos o camisa. Un momento, ¿ha oído bien? ¿Pintalabios rojo? Mamá nunca lleva pintalabios rojo, los de mamá suelen ser rosas pálidos o bien marrones, lo sabe porque alguna vez los ha cogido para jugar con ellos y ver cómo le sientan. Además, mamá nunca se pinta los labios entre semana, sólo los sábados si van a algún sitio o los días especiales.
Pintalabios rojo. Justo el color de pintalabios que a mamá le falta en el cajón en el que guarda sus pinturas. Entonces eso sólo puede significar una cosa… ¡Papá está con otra mujer! De la rabia, la respiración de la niña comienza a agitarse, tanto que teme ser descubierta. Pero sus padres están demasiado ocupados enfrascados en la discusión como para advertir su presencia debajo de la cama.
Cuando acaban de discutir, papá se va; mamá, por el contrario, se queda un rato en la habitación, sentada sobre la cama, en silencio. No sabe el tiempo que pasa así, pues no lleva reloj. No le gusta seguir horarios, aunque tiene que hacerlo cuando se trata de la escuela. Calcula que mamá está ahí unos quince minutos, hasta que se levanta y la oye dirigirse hacia la cocina para preparar la cena. Papá está en el salón viendo la tele.
Duda un instante si salir o no de su escondite. Y aunque quisiera salir, algo la agarra, la sujeta y la mantiene debajo de la cama. El miedo. Miedo a lo que acaba de pasar. Miedo a su padre. Así pues, la pequeña se decanta por la segunda opción: no salir de allí, quedarse bajo la cama… hasta la hora de cenar.
No será la única vez que presencie y escuche discusiones como ésta, pero, para Media Verónica sí será una razón para que comience a odiar a su padre.
La cena transcurre en silencio y sin sobresaltos. Mamá, cabizbaja, tiene la vista clavada en el plato. Papá mira la tele, aunque sin mucho interés. La niña pone todo su esfuerzo en comerse las espinacas que tiene delante. La verdura no es su punto fuerte, pero esa noche las cosas no están como para montar rabietas.
Y esa noche, mamá durmió en su habitación con ella.
20 may 2011
Sólo las sonrisas... y el viento
Decían de ella que tenía mucha confianza en sí misma y que era muy segura, pero realmente no tenía ninguna de esas cosas. Sólo ella lo sabía. El mundo que giraba a su alrededor seguía pensando lo mismo. Pero sólo ella sabía que no era así, que a cada paso que daba le acompañaba alguna de sus dudas, ejerciendo de sombras, como si fueran fantasmas… Que no exteriorizaba ninguna de esas dudas ni sus miedos, y así era como se había forjado la fachada a la que llamaban “seguridad”.
Y eso mismo, esas dudas, esos pensamientos, esas inseguridades, eran lo que la mataban, o lo que la iban consumiendo igual que se consumía el cigarro que dejó caer a la acera una vez terminado, a la espera de que pasara lo que tuviera que pasar o de las sorpresas que llegaran: quien sabe si no sería pisado por alguien… o si vientos mejores le llevarían a otros lugares, a otros ambientes. A otros aires.
Siguió avanzando entre la multitud, observando a las personas que caminaban por aquella avenida, cada uno con sus pensamientos o sus cosas: el empresario trajeado que lleva un maletín en su mano izquierda y sostiene el móvil, en el que mira algo, en la otra; un grupo de jóvenes que charlan animadamente, haciendo el mayor ruido posible; una pareja de ancianos paseando de la mano; otro joven que camina deprisa con una mochila colgada al hombro mientras escucha música; una madre con su hijo pequeño, que señala todo aquello que ve, desconocido y nuevo para él, y ríe feliz ante la explosión de colores que se abre paso a su vista en aquella avenida… Todos con prisa, excepto los ancianos, que parecían estar disfrutando de su paseo. ¿Alguna de aquellas personas se daría cuenta de que los observaba y jugaba a adivinar sus pensamientos, sus vidas?
Media Verónica miró la esquina que dejaba atrás, acordándose de sus preocupaciones –las pasadas y las actuales-, y de cómo había ido superándolas poco a poco. Si realmente tenía alguna virtud, era la de superar los obstáculos que se le pusieran por delante –no esa seguridad que decían-, aunque le llevara meses o, incluso algún que otro año, pero lo conseguía. Y pensando en ello, sonrió.
Y un soplo de aire la sacó de su ensimismamiento (y se llevó su cigarro a otro lugar). Miró su reloj: pasaban ya las ocho de la tarde. Llegaba tarde ya. Decidió ir dejando atrás, por las aceras, los pasos de cebra, las esquinas y demás cosas que encontraba por la calle, aquellos malos pensamientos y con ello, aligerar, caminar más deprisa. Ahora sólo la acompañarían las sonrisas… y el viento.
2 dic 2010
Sólo un deseo
-Genio de la Lámpara Maravillosa al habla, ¿dígame? ¿Qué desea?
-...- noto como una ligera indecisión se va haciendo dueña de mí.
-Oiga, ¿está ahí?
-Sí, sí, perdón. Y, a ser posible, no me trate de usted.
-Está bien. Supongo que ya sabes cómo funciona esto. Pides tres deseos y te serán concedidos.
-Con uno me es suficiente, gracias. A partir de ese, ya iré consiguiendo yo el resto, espero...
-¿Sólo uno? ¿Por qué? ¿Sabes que cuando lo pides, ya no podrás volver a pedir ninguno nunca más?
-No, no sabía ese último detalle. Pero sólo quiero uno, y es bien sencillo. Siempre se ha dicho que los tontos tienen suerte, ¿no? Pues yo quiero eso: que me hagas tonta, para tener suerte. Bueno, tonta, tonta, no... no sé si soportaría el ser tonta de verdad. Pero quiero tener la capacidad de hacerme la tonta, sobre todo en aquellas situaciones que más falta me haga. Porque esa es -y ha sido siempre- su táctica: hacerse el tonto, y ahí lo ves, siempre ganando, feliz. Y no sólo la suya, también la de muchas personas, y ahí están, tan felices y ricamente, "de rositas", como se diría...
-La verdad: es el deseo más extraño que me han pedido. ¿Estás segura de que podrás conseguir el resto tú sola? ¿No has cambiado de opinión y quieres los dos que te quedan?
-No. No he cambiado de opinión. Quiero ese, sólo ese.
-Está bien, no sé si estaré a la altura y podré hacerlo realidad, pero... allá voy, por intentarlo que no quede.
¿Conseguirá la protagonista que el Genio de la Lámpara Maravillosa le conceda ese deseo? Continuará... o no.
-...- noto como una ligera indecisión se va haciendo dueña de mí.
-Oiga, ¿está ahí?
-Sí, sí, perdón. Y, a ser posible, no me trate de usted.
-Está bien. Supongo que ya sabes cómo funciona esto. Pides tres deseos y te serán concedidos.
-Con uno me es suficiente, gracias. A partir de ese, ya iré consiguiendo yo el resto, espero...
-¿Sólo uno? ¿Por qué? ¿Sabes que cuando lo pides, ya no podrás volver a pedir ninguno nunca más?
-No, no sabía ese último detalle. Pero sólo quiero uno, y es bien sencillo. Siempre se ha dicho que los tontos tienen suerte, ¿no? Pues yo quiero eso: que me hagas tonta, para tener suerte. Bueno, tonta, tonta, no... no sé si soportaría el ser tonta de verdad. Pero quiero tener la capacidad de hacerme la tonta, sobre todo en aquellas situaciones que más falta me haga. Porque esa es -y ha sido siempre- su táctica: hacerse el tonto, y ahí lo ves, siempre ganando, feliz. Y no sólo la suya, también la de muchas personas, y ahí están, tan felices y ricamente, "de rositas", como se diría...
-La verdad: es el deseo más extraño que me han pedido. ¿Estás segura de que podrás conseguir el resto tú sola? ¿No has cambiado de opinión y quieres los dos que te quedan?
-No. No he cambiado de opinión. Quiero ese, sólo ese.
-Está bien, no sé si estaré a la altura y podré hacerlo realidad, pero... allá voy, por intentarlo que no quede.
¿Conseguirá la protagonista que el Genio de la Lámpara Maravillosa le conceda ese deseo? Continuará... o no.
30 nov 2010
La táctica de ganar
Ha llegado el momento de cambiar las reglas del juego.
Tu cara de idiota no ayuda. Sabes bien a qué me refiero.
Voy a usar tu táctica. ¿En qué vas a usar mi táctica y a qué táctica te refieres?, te preguntarás.
Muy sencillo: en el juego de mi vida. Las normas del juego van a cambiar, las pondré yo a partir de ahora. Tiraré unas cartas y las jugaré incluso cuando no me toque, sin importar las consecuencias, es decir, sin importar si te jode.
Consciente siempre de que aquí sólo hay un ganador: yo.
Voy a usar tu táctica. La táctica de ganar.
Tu cara de idiota no ayuda. Sabes bien a qué me refiero.
Voy a usar tu táctica. ¿En qué vas a usar mi táctica y a qué táctica te refieres?, te preguntarás.
Muy sencillo: en el juego de mi vida. Las normas del juego van a cambiar, las pondré yo a partir de ahora. Tiraré unas cartas y las jugaré incluso cuando no me toque, sin importar las consecuencias, es decir, sin importar si te jode.
Consciente siempre de que aquí sólo hay un ganador: yo.
Voy a usar tu táctica. La táctica de ganar.
4 nov 2010
Hace tiempo saqué un billete para una montaña rusa (o para el túnel del terror)
Después de relatarle la serie de cosas sucedidas, me preguntó:
-Y ahora... ¿qué es lo que sois?
-¿Cómo que qué es lo que somos? -Esta pregunta me irritó un tanto.- ¿No te lo he dicho ya? Somos amigos.
-Pues es que a veces no da esa impresión...
-Dará la impresión que tenga que dar, aun así, no es cierta. Ya sabes lo que dicen: "las apariencias engañan", ¿no?
-Sí. Pero... pasa que a ti no te veo muy contenta...
-Ya. Le tengo muchísimo aprecio, cariño, pero... hay veces que lo mataría.
-¿Por qué?
-Siempre estamos igual, no podemos ser amigos, sin más. Nos enfadamos con demasiada frecuencia. Si no es uno, es el otro. Casi siempre soy yo la que se enfada. Tengo razones de sobra para hacerlo. Y cuando no estamos enfadados, estamos de puta madre. No sé, es como un viaje en una montaña rusa, solo que cada uno va en vagones distintos.
-Entiendo... ¿y en qué vagón va cada uno?
-Pues él está sentado en el primero y suele estar casi siempre arriba, tocando el sol con las yemas de sus dedos... Yo en cambio, estoy en el último y casi siempre estoy abajo, es rara la vez que subo. Se puede decir que todas esas tuercas y tornillos que unen esos vagones son aquellas veces que lo haya perdonado, porque quizá sea eso, a día de hoy, lo poco que queda...
-¿Estás segura de que eso es una montaña rusa y no otra cosa?- este comentario le hizo reír.
-A veces pienso que se trata del túnel del terror. Lo que sí sé es que me he mareado y me he cansado ya. Quiero bajar o por lo menos, que se convierta en una atracción más tranquila.
-Mira, lo que tienes que hacer es pedirle al revisor que pare la atracción y bajarte, y más ahora que estás abajo. Y cada cual que siga su camino, pero tú fuera de esa montaña rusa ¡ya!
-Lo sé... Sírveme algo fresquito y rico, ¿quieres?- esbozó una media sonrisa.
-¡Claro!
-Y ahora... ¿qué es lo que sois?
-¿Cómo que qué es lo que somos? -Esta pregunta me irritó un tanto.- ¿No te lo he dicho ya? Somos amigos.
-Pues es que a veces no da esa impresión...
-Dará la impresión que tenga que dar, aun así, no es cierta. Ya sabes lo que dicen: "las apariencias engañan", ¿no?
-Sí. Pero... pasa que a ti no te veo muy contenta...
-Ya. Le tengo muchísimo aprecio, cariño, pero... hay veces que lo mataría.
-¿Por qué?
-Siempre estamos igual, no podemos ser amigos, sin más. Nos enfadamos con demasiada frecuencia. Si no es uno, es el otro. Casi siempre soy yo la que se enfada. Tengo razones de sobra para hacerlo. Y cuando no estamos enfadados, estamos de puta madre. No sé, es como un viaje en una montaña rusa, solo que cada uno va en vagones distintos.
-Entiendo... ¿y en qué vagón va cada uno?
-Pues él está sentado en el primero y suele estar casi siempre arriba, tocando el sol con las yemas de sus dedos... Yo en cambio, estoy en el último y casi siempre estoy abajo, es rara la vez que subo. Se puede decir que todas esas tuercas y tornillos que unen esos vagones son aquellas veces que lo haya perdonado, porque quizá sea eso, a día de hoy, lo poco que queda...
-¿Estás segura de que eso es una montaña rusa y no otra cosa?- este comentario le hizo reír.
-A veces pienso que se trata del túnel del terror. Lo que sí sé es que me he mareado y me he cansado ya. Quiero bajar o por lo menos, que se convierta en una atracción más tranquila.
-Mira, lo que tienes que hacer es pedirle al revisor que pare la atracción y bajarte, y más ahora que estás abajo. Y cada cual que siga su camino, pero tú fuera de esa montaña rusa ¡ya!
-Lo sé... Sírveme algo fresquito y rico, ¿quieres?- esbozó una media sonrisa.
-¡Claro!
10 jul 2010
La espiral del silencio
¿Sabes lo que pasa? Que nadie ve más allá de las apariencias, no buscan la verdad. Adoran una máscara, falsa simpatía donde la haya, un "por quedar bien" (aunque en realidad no me guste nada lo que hago o digo porque no soy así)...
Nadie sabe cómo son las cosas de verdad, como mucho puede haber aproximaciones a ello pero... tampoco sirven. Es inútil caer en una burbuja de estupidez...
Y yo... convivo con la impotencia de ver -o aguantar- semejantes estupideces; callando todo esto -de la mejor manera posible porque si hablo, reviento- y esperando a que sea el tiempo el que quite vendas... o máscaras.
6 jun 2010
Reencuentro (II)
-Sí, me llamo Elia pero... ¿y tú?, ¿quién eres?- Elia quedó un tanto impresionada al haber sido reconocida por un desconocido. No lograba recordarlo aunque sus ojos azules le transmitían la calidez y la confianza que sólo una persona le había transmitido hasta la fecha... y que un día se fue: Alberto.
¿Y si es él?, se pregunta Elia. Pero no, no puede ser. Elia no logra encajar el perfil de su amigo en este chico o mucho ha debido de cambiar él para no reconocerlo. Elia continúa mirándolo, de abajo a arriba, de arriba a abajo, por todos los ángulos... pero nada, no logra encajarlo aún.
Por la cara de Alberto comienza a asomar un deje de decepción. "Vaya, parece que se ha olvidado de mí", piensa, también un poco triste. Aun así, no pierde la esperanza -ni la sonrisa- y decide intentarlo de nuevo:
-Veo que has roto el juramento que hicimos, ¿por qué, preciosa? Ven, cuéntame...-le dice mientras le abre los brazos, preparado para volverla a sentir en sus brazos y oler las notas de chocolate que desprende cada mechón de su pelo.
Y Elia entonces lo recuerda y se echa a sus brazos, abrazándolo con toda la fuerza con la que es capaz. Sintiéndose protegida y querida en sus brazos, así como una niña pequeña, como "su niña", como la llamaba a veces él...
Mientras lo abraza, piensa en las palabras que ha dicho Alberto; piensa especialmente en una: juramento, el que hicieron siete años antes, poco antes de que él se fuera.
Siete años antes, cuando tenía 16, una noche de fiesta con todos sus amigos tuvo la desgracia o, mejor dicho, suerte, de ver cómo Toni (su, por aquel entonces, novio) se liaba con Nerea, una de las amigas del grupo, de las mejores, por cierto...
Quizá era demasiado niña para soportar aquello que, sin duda, la hizo fuerte.
Elia se indigna, se siente traicionada y dolorida, no sólo por Toni, sino también por Nerea. Toni, al principio, lo niega todo pero Elia es demasiado lista y no se le puede engañar. De todas formas, Toni pone excusas, tales como: no sabía lo que hacía, me dejé llevar... seguidas de mil perdones. Falsos.
Nerea, por su parte, desaparece, se escabulle cual rata de alcantarilla para no dar la cara ante Elia. Cobarde.
La diversión de la fiesta acaba ahí. Unos se van para casa, no sin antes darle un abrazo a Elia y unas cuantas miradas de odio a Toni. Otros, los más cercanos a ella, se quedan intentando animarla.
Media hora más tarde, Alberto la encuentra sentada en un banco de un parque cercano, llorando. Y la abraza, como a ella le gusta. Y le seca las lágrimas y le dedica mil y una palabras bonitas para sacarle otras mil y una sonrisas, "preciosas, como tú" rueda por la mente de Alberto ya que, le gusta Elia desde hace algún tiempo pero no sabe si a ella le gusta él o no. Es por ello que Alberto permanece a su lado como su mejor amigo.
"Vamos a hacer una cosa"- le dice Alberto.
"¿Qué?"- responde Elia más animada, divertida porque no sabe qué sorpresa tramará su amigo.
"Vamos a hacer un juramento tú y yo: por muy mal que nos vayan las cosas no dejaremos de sonreír""Vale acepto tu juramento, aunque... hay una cosa que te quería comentar..."
"Cuéntame"- contesta Alberto, algo intrigado.
"Tengo un presentimiento, y no es nada bueno. Creo que dentro de poco nuestros caminos se separarán..."
"¡No digas bobadas, anda! Yo estaré aquí a tu lado, siempre"- contesta él abrazándola.
Un mes después, Alberto y toda su familia se fueron. Se mudaron a otra ciudad. Lo cambiaron todo, hasta el teléfono, con lo cual, Elia y Alberto perdieron el contacto y, con los años, la esperanza.
Además, a raíz de esta mudanza, Alberto comienza a creer en los presentimientos de Elia.
A Alberto, los días de tormenta (o cualquier día) lo asaltaba la nostalgia y la melancolía recordando a Elia y recordando el valor que no consiguió reunir para decirle lo que sentía por ella.
Por su parte, Elia echaba de menos a su amigo, su confidente, su consejero, su "mago de las sonrisas" -apodo que ella le puso cada vez que conseguía sacarle una-. Recordaba cómo había crecido junto a él y todo lo vivido con él... y lo que ahora ya no podrían vivir. Sí, Elia quería muchísimo a Alberto, no sólo como un amigo...
Y así es como ambos, nostálgicamente recordando, comenzarán a romper ese juramento que hicieron.
Después de ese abrazo lleno de recuerdos, Elia lo vuelve a observar.
Ha cambiado tanto: ya no lleva las horribles gafas que llevaba de pequeño y ya no es el chico débil y "enclenque" que era antes: ahora está fuerte y mucho más guapo.
Ella, en cambio, sigue igual de guapa que siempre -para los ojos de Alberto, más-, aunque, físicamente algo más desarrollada, ahora que se les puede considerar adultos.
-Y bien, ¿me vas a contar porqué has roto nuestro juramento? ¿Qué te pasa, mi niña?- "mi niña"... y Elia vuelve a abrazarlo, no lo puede evitar, es como un imán para ella, le encantan sus abrazos.
-Creo que no soy la única que lo ha roto, sino dime qué haces en pleno enero tú solo en la playa- responde Elia pícaramente, así como es ella y como a él le gusta...
¿Y si es él?, se pregunta Elia. Pero no, no puede ser. Elia no logra encajar el perfil de su amigo en este chico o mucho ha debido de cambiar él para no reconocerlo. Elia continúa mirándolo, de abajo a arriba, de arriba a abajo, por todos los ángulos... pero nada, no logra encajarlo aún.
Por la cara de Alberto comienza a asomar un deje de decepción. "Vaya, parece que se ha olvidado de mí", piensa, también un poco triste. Aun así, no pierde la esperanza -ni la sonrisa- y decide intentarlo de nuevo:
-Veo que has roto el juramento que hicimos, ¿por qué, preciosa? Ven, cuéntame...-le dice mientras le abre los brazos, preparado para volverla a sentir en sus brazos y oler las notas de chocolate que desprende cada mechón de su pelo.
Y Elia entonces lo recuerda y se echa a sus brazos, abrazándolo con toda la fuerza con la que es capaz. Sintiéndose protegida y querida en sus brazos, así como una niña pequeña, como "su niña", como la llamaba a veces él...
Mientras lo abraza, piensa en las palabras que ha dicho Alberto; piensa especialmente en una: juramento, el que hicieron siete años antes, poco antes de que él se fuera.
Siete años antes, cuando tenía 16, una noche de fiesta con todos sus amigos tuvo la desgracia o, mejor dicho, suerte, de ver cómo Toni (su, por aquel entonces, novio) se liaba con Nerea, una de las amigas del grupo, de las mejores, por cierto...
Quizá era demasiado niña para soportar aquello que, sin duda, la hizo fuerte.
Elia se indigna, se siente traicionada y dolorida, no sólo por Toni, sino también por Nerea. Toni, al principio, lo niega todo pero Elia es demasiado lista y no se le puede engañar. De todas formas, Toni pone excusas, tales como: no sabía lo que hacía, me dejé llevar... seguidas de mil perdones. Falsos.
Nerea, por su parte, desaparece, se escabulle cual rata de alcantarilla para no dar la cara ante Elia. Cobarde.
La diversión de la fiesta acaba ahí. Unos se van para casa, no sin antes darle un abrazo a Elia y unas cuantas miradas de odio a Toni. Otros, los más cercanos a ella, se quedan intentando animarla.
Media hora más tarde, Alberto la encuentra sentada en un banco de un parque cercano, llorando. Y la abraza, como a ella le gusta. Y le seca las lágrimas y le dedica mil y una palabras bonitas para sacarle otras mil y una sonrisas, "preciosas, como tú" rueda por la mente de Alberto ya que, le gusta Elia desde hace algún tiempo pero no sabe si a ella le gusta él o no. Es por ello que Alberto permanece a su lado como su mejor amigo.
"Vamos a hacer una cosa"- le dice Alberto.
"¿Qué?"- responde Elia más animada, divertida porque no sabe qué sorpresa tramará su amigo.
"Vamos a hacer un juramento tú y yo: por muy mal que nos vayan las cosas no dejaremos de sonreír""Vale acepto tu juramento, aunque... hay una cosa que te quería comentar..."
"Cuéntame"- contesta Alberto, algo intrigado.
"Tengo un presentimiento, y no es nada bueno. Creo que dentro de poco nuestros caminos se separarán..."
"¡No digas bobadas, anda! Yo estaré aquí a tu lado, siempre"- contesta él abrazándola.
Un mes después, Alberto y toda su familia se fueron. Se mudaron a otra ciudad. Lo cambiaron todo, hasta el teléfono, con lo cual, Elia y Alberto perdieron el contacto y, con los años, la esperanza.
Además, a raíz de esta mudanza, Alberto comienza a creer en los presentimientos de Elia.
A Alberto, los días de tormenta (o cualquier día) lo asaltaba la nostalgia y la melancolía recordando a Elia y recordando el valor que no consiguió reunir para decirle lo que sentía por ella.
Por su parte, Elia echaba de menos a su amigo, su confidente, su consejero, su "mago de las sonrisas" -apodo que ella le puso cada vez que conseguía sacarle una-. Recordaba cómo había crecido junto a él y todo lo vivido con él... y lo que ahora ya no podrían vivir. Sí, Elia quería muchísimo a Alberto, no sólo como un amigo...
Y así es como ambos, nostálgicamente recordando, comenzarán a romper ese juramento que hicieron.
Después de ese abrazo lleno de recuerdos, Elia lo vuelve a observar.
Ha cambiado tanto: ya no lleva las horribles gafas que llevaba de pequeño y ya no es el chico débil y "enclenque" que era antes: ahora está fuerte y mucho más guapo.
Ella, en cambio, sigue igual de guapa que siempre -para los ojos de Alberto, más-, aunque, físicamente algo más desarrollada, ahora que se les puede considerar adultos.
-Y bien, ¿me vas a contar porqué has roto nuestro juramento? ¿Qué te pasa, mi niña?- "mi niña"... y Elia vuelve a abrazarlo, no lo puede evitar, es como un imán para ella, le encantan sus abrazos.
-Creo que no soy la única que lo ha roto, sino dime qué haces en pleno enero tú solo en la playa- responde Elia pícaramente, así como es ella y como a él le gusta...
28 may 2010
Reencuentro (I)
Enero.
Enero y por la playa pasea solitaria una joven con cabellos como el chocolate. Hace frío: 10 grados. 20 en su mente y 30 en su corazón.
Siempre que tiene algún problema va a la playa a buscar respuestas y ésta, como buena compañera y guía, se las concede.
Hoy piensa en qué debe hacer con ciertas personas en su vida que no le demuestran nada con hechos... ni con palabras. Personas hipócritas a las que desenmascarar. Hipocresía que no quiere tener cerca de ella.
Piensa también en sus movidas familiares, que no son pocas...
Lo mismo hace con ella misma, con su presente y su futuro. Y también piensa en el pasado, concretamente en una persona que un día, hace 7 años se fue y de la que no ha vuelto a tener noticias, aunque le encantaría... Y hoy, esa playa, su playa (como le gusta llamarla) volverá a unirlos en sus caminos, en sus destinos...
Llega un momento en el que Elia, de tanto pensar, se derrumba y con lágrimas en los ojos grita al viento muchísimas cosas que llegan a lo lejos, tanto como unos cincuenta metros, los suficientes para que un joven de cabello moreno y ojos claros lo oiga.
Atraido por la curiosidad, se dirige hacia el lugar de donde proviene el grito y entonces la ve, y la reconoce...
-Elia... ¿eres tú?- pregunta con una sonrisa tímida, al mismo tiempo que un ligero rubor recorre sus mejillas, esperando una respuesta que, sin duda, podría cambiar sus vidas...
Enero y por la playa pasea solitaria una joven con cabellos como el chocolate. Hace frío: 10 grados. 20 en su mente y 30 en su corazón.
Siempre que tiene algún problema va a la playa a buscar respuestas y ésta, como buena compañera y guía, se las concede.
Hoy piensa en qué debe hacer con ciertas personas en su vida que no le demuestran nada con hechos... ni con palabras. Personas hipócritas a las que desenmascarar. Hipocresía que no quiere tener cerca de ella.
Piensa también en sus movidas familiares, que no son pocas...
Lo mismo hace con ella misma, con su presente y su futuro. Y también piensa en el pasado, concretamente en una persona que un día, hace 7 años se fue y de la que no ha vuelto a tener noticias, aunque le encantaría... Y hoy, esa playa, su playa (como le gusta llamarla) volverá a unirlos en sus caminos, en sus destinos...
Llega un momento en el que Elia, de tanto pensar, se derrumba y con lágrimas en los ojos grita al viento muchísimas cosas que llegan a lo lejos, tanto como unos cincuenta metros, los suficientes para que un joven de cabello moreno y ojos claros lo oiga.
Atraido por la curiosidad, se dirige hacia el lugar de donde proviene el grito y entonces la ve, y la reconoce...
-Elia... ¿eres tú?- pregunta con una sonrisa tímida, al mismo tiempo que un ligero rubor recorre sus mejillas, esperando una respuesta que, sin duda, podría cambiar sus vidas...
22 may 2010
El mundo está loco. (Fachada)
Mónica cuenta con veintipocos años. Tiene un trabajo estable con un sueldo aceptable que le permite vivir bastante bien. Posee muy pocas amigas ya que, según Mónica "todas le tienen envidia". "No, perdona -dicen las chicas realistas que un día fueron amigas suyas- nosotras estamos muy contentas con lo que tenemos y no necesitamos nada más". No tiene novio porque, según ella misma "el amor es para las personas débiles, además de una pérdida de tiempo", así pues, por su cama han pasado cientos de hombres, ha jugado con muchos y ha roto el corazón de otros tantos, además de romper varios matrimonios.
Cuando camina por los pasillos de la oficina en la que trabaja, todos -especialmente los hombres- se giran a su paso para admirarla. Tiene un cuerpo perfecto y aún así, ella "se ve gorda". Se queja de vicio y no duda en probar de todo para perder peso rápidamente: dietas milagrosas y gimnasios, así como las tantas cremas y pastillas que guarda por casa. Incluso llegó a ponerse a dieta por algún que otro hombre, perdiendo dignidad -aparte de peso- para ganar en estupidez, por querer parecerse a algunas supermodelos esqueléticas.
Si cambiara su vida por la de alguna de esas personas que, en algún lugar del mundo se muere de hambre, ¿seguiría pensando que está gorda? Sí. Eso va en la mentalidad, no en el cuerpo y para la mentalidad rara vez hay solución. En la de Mónica no la hay.
Todos los días llega a la oficina con una sonrisa y otras tantas carcajadas, aunque falsas. Aparenta tener un gran aprecio a todos y llevarse bien con todo el mundo. Pero esto es sólo fachada, una máscara para atraer a todo el mundo. Ella no siente las sonrisas con las que llega al trabajo, son falsas pero las lleva incorporadas en la cara desde buena hora de la mañana "para que vean y admiren lo feliz que es". Y realmente no, no es feliz. Le falta todo aquello que desprecia con su máscara, con su hipocresía: afecto, cariño, amor.
Es víctima de envidias de algunas -las más estúpidas, como ella- y de odios de otras tantas, muchísimas más, las más realistas, las mujeres reales y naturales que piensan que una grandísima parte de la humanidad es tremendamente estúpida y cuando ésta les da una respuesta, gritan: "¿Estamos locos o qué? Sí, definitivamente: el mundo está loco".
Llegó a la treintena y su éxito fue en decadencia.
Llegaron los cuarenta y muchas cosas pasaron: su belleza empezó a irse al traste, tanto es así que ni las cremas ni el maquillaje (de grandes firmas de cosmética, por supuesto) la salvaron. También ganó algo de peso, pero no mucho, no vaya a ser que le de un infarto...
Y también se enamoró. Sí, ella, la misma Mónica que en su juventud decía que eso era una pérdida de tiempo y era para débiles. Se enamoró de uno de aquellos hombres que a sus veintitantos pasó por su cama.
Por ironías del destino sus vidas se volvieron a cruzar, viviendo un pequeño romance que no duró más que unos meses, el tiempo justo para que ella se enamorara. Él, por contra, no se enamoró, jugó con ella como ella lo hizo en el pasado, ya que la recordaba perfectamente como recordaba también su dolor, sumados al resentimiento y al rencor que fue ganando después.
Mónica murió a sus 66 años de edad, víctima de estupidez crónica, de la estupidez crónica abundante en la sociedad y de la que ella misma, con su fachada, se fue forjando durante su vida. Murió sola. El orgullo pudo con ella. Nunca llegó a quitarse la máscara.
3 may 2010
FUTURO
Como cada sábado, Jose se calza las botas para disputar con ilusión un nuevo partido.
“¡Vamos a por todas, chicos!” les anima Javi, su entrenador, antes de salir al campo. Los chicos contestan con fuerza, van a ganar.
Fuera, en el campo, durante el partido, le salen rivales al paso. No importa, los esquiva y sigue, también tiene grandes compañeros y amigos en el equipo y fuera de él. Los niños de su edad ya lo conocen; parte de ellos, en el campo le temen pero aún así le tienen gran afecto: “¡Ey, Bayona!”, lo saludan con un apretón de manos o con una afectuosa palmadita en el hombro.
Temen a ese niño que aspira a llegar a grandes equipos, como el Barça, al que lleva en el corazón; ese niño que quiere ser como su ídolo, Leo Messi.
El partido se complica: el equipo rival lo ve como una amenaza y no dudan en atacar. El árbitro no pita la falta, ¡qué rabia!
Jose se levanta y sigue jugando. El juego sucio no lo detiene, al contrario, le hace más viable la lucha. Pasa a un compañero, éste le vuelve a pasar a él, está enfrente de la portería, cara a cara con dos defensas y el portero pero él hace lo que tiene que hacer y bien sabe: recibe, centra, chuta… y ¡goooooooooooool!
(Algo) INDESEABLE
“Mira ese hombre, seguro que ese dinero es para gastárselo en algún vicio…”- comenta una señora a otra al pasar a su lado. Comentarios como éstos escucha Juan cada semana, cuando él únicamente se gana la vida de la manera que puede.
Tiene mujer y cuatro hijos; tres de ellos aún son pequeños para trabajar; su mujer no puede porque una enfermedad se lo impide y él lleva más de dos años en paro y las cosas no han ido muy bien desde entonces. Tanto es así, que cada miércoles y sábado sale con su acordeón a tocar al mercadillo de la ciudad.
Está acostumbrado a escuchar estos comentarios pero aún así, duelen. “Suerte la de esta gente que puede llevarse algo más que un triste mendrugo de pan y algunas sobras a la boca”, pues las pocas pero bien agradecidas monedas que hay en la caja bajo sus pies no son para vicios: las necesita para llevar algo a casa.
Aún así, Juan es optimista y cree que las cosas cambiarán pronto y, a mejor. Mientras tanto, no deja de soñar con las notas que salen por su acordeón, soñar que baila y vive “La vie en rose” junto a su familia.
Tiene mujer y cuatro hijos; tres de ellos aún son pequeños para trabajar; su mujer no puede porque una enfermedad se lo impide y él lleva más de dos años en paro y las cosas no han ido muy bien desde entonces. Tanto es así, que cada miércoles y sábado sale con su acordeón a tocar al mercadillo de la ciudad.
Está acostumbrado a escuchar estos comentarios pero aún así, duelen. “Suerte la de esta gente que puede llevarse algo más que un triste mendrugo de pan y algunas sobras a la boca”, pues las pocas pero bien agradecidas monedas que hay en la caja bajo sus pies no son para vicios: las necesita para llevar algo a casa.
Aún así, Juan es optimista y cree que las cosas cambiarán pronto y, a mejor. Mientras tanto, no deja de soñar con las notas que salen por su acordeón, soñar que baila y vive “La vie en rose” junto a su familia.
17 abr 2010
Pícaro deseo
Los suaves reflejos plateados de la luna llena caían sobre el agua. Dos amantes se comían a besos en la arena. Y no sólo se comían a besos...
Podía sentir sus manos colándose por debajo de la tela de su vestido y hacerla sentirse muy deseada; la más deseada del planeta.
Podía sentir sus manos colándose por debajo de la tela de su vestido y hacerla sentirse muy deseada; la más deseada del planeta.
Notaba cómo sus finos dedos desabrochaban los botones de su camisa mientras seguía besando cada centímetro de su ardiente piel y su mano perdiéndose por su pantalón para acariciarle el bajo vientre...
-¿Eres mala, eh?- le dijo, pues ella sabía muy bien dónde tocar y cómo jugar para volverlo loco. Ella le contestó con su mirada y su sonrisa más pícara y traviesa.
La ropa cayó al suelo y a la luz de la luna quedaron visibles sus cuerpos desnudos.
-Vente al agua.
Aquello lo volvió más loco aún y, por supuesto, fue con ella al agua, adentrándose poco a poco abrazados, besándose...
Los dos cuerpos abrazados llegaron a fundirse en uno solo. Buscó sus labios para besarlos cuando sintió que iba a explotar pero él los rechazó dirigiéndolos a su oído, dónde le susurró:
-No lo hagas. Quiero oír cómo te vuelves loca de placer...
...Y así, el silencio de aquella oscura y calurosa noche de verano fue roto por los gemidos de aquella chica.
31 mar 2010
Palabras
Las palabras son sólo eso: palabras.
Basta una mirada para saber qué quieres decirme y yo te contesto con una sonrisa. Un suave pero sutil y efectivo roce con las yemas de tus dedos sobre mi piel hace que mi cuerpo despierte y reaccione.
Me vuelvo loca al sentir tus manos serpenteando lenta, suave y dulcemente hasta llegar a esa ardiente barrera, alimentada por una gran pasión. Éxtasis, sobredosis de cariño, placer... ¡amor! Siento tu cálido aliento sobre mi nuca y sé que aún sigues ahí...
Entre todos estos gestos, el tiempo se detiene y en el mundo sólo existimos tú y yo, amándonos.
Sobran las palabras, pues nuestros cuerpos, nuestras manos, cada beso que nos damos, lo dicen todo, nos delatan. Pero te volveré a repetir dos palabras que tú ya sabes:
TE QUIERO.
TE QUIERO.
10 ene 2010
Tango
Nadie sabe qué es lo que tiene el tango... Tal vez únicamente el tango ocurre en un instante. El resto es sólo música. Sin embargo, durante ese instante, una mujer se asoma a las notas y baila en las venas del hombre que la sueña. En términos de Borges, sería una mujer que se mira en el espejo dominado por el tigre. O que son los ojos del tigre.
He aquí un texto que me gusta, no es mío, pero me encanta. =)
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